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Location: Madrid, Madrid, Spain

Tuesday, August 15, 2006

EL DEVORADOR DE PECADOS & ANLAGÉSICO

El Devorador De Pecados

La memoria de los hombres es tan corta...sus vidas son tan oscuras y cínicas...Hace siglos que es así, seguramente lo fue siempre, pero cuando la simpleza de la inocencia natural aún se albergaba en mí no lo sabía. He sido testigo de muchísimas cosas. He visto más de lo que nadie podría soportar, más de lo que la fantasía se atreve a dibujar durante las sombras del sueño. Pequeños diamantes de moral inexistente; un sinfonía de maldad y suciedad espiritual. A través de mis ojos he contemplado el terror en los de todas las personas a las que he atendido, y también he visto la paz en su semblante momentos antes de acabar. Cada vez que retiraba el pan y la sal de su pecho, cada vez que pronunciaba aquellas palabras en arameo y terminaba dejando escapar de entre mis labios un "yo te perdono" antes de comerme el pan y la sal. Cada vez que esto ocurría recibía en mi interior el ocaso de una vida, otorgando la eternidad, fingiéndome Dios...pero es mi trabajo, si no lo hiciera el infierno habría reventado hace muchos cientos de años. Si no lo hiciera miles de almas arderían sin remedio, sin obtener el perdón, porque yo soy el devorador de pecados.

Analgésico

Vacío. Así se sentía John. Los recuerdos, el dolor...era como si una magnífico pintor, uno de los clásicos artistas cuyas obras pictóricas resultaban reales a lo sumo, un Miguel Ángel, sujetando una paleta de colores variados trazase línea a línea la trágica escena. Aquella imagen...aquel suceso tiránico que sometía su vida, minuto a minuto, cada segundo. Aquella pérdida...aquel cielo que parecía acorde con su pena. Aquel cielo gris, inmenso, sobrecogedor hacía que un sudor frío le recorriese el cuerpo, desde la frente hasta los pies. Podía sentir como se le pegaba la ropa al cuerpo. A cada instante que transcurría se convencía más de lo absurdo e imposible de rellenar aquel agujero de su alma. Las lágrimas, lentas, calientes, saladas, enormes, resbalaban por su cara y se fundían con el sudor en su mentón. John, sin mirar, apretó las manos en torno a aquel artefacto salvador, levantó los brazos con lentitud, tratando de dibujar ante sus ojos aquel rostro...Apretó el cañón de aquella liberadora de almas contra su sien derecha. Reprimió las lágrimas, sabía que pronto todo pasaría. Apretó el gatillo con decisión, durante una diminuta fracción de segundo pudo sentir como una pequeña píldora metálica atravesaba la piel y la carne de su cráneo, perforaba el hueso y dejaba caer sobre su cerebro la dosis necesaria de aquel infalible analgésico para el alma que era la muerte. Luego ya no sintió nada.

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